“Entré al infierno y decidí seguir”: 21 años de vocación de un bombero de Juárez

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Durante más de dos décadas, el sargento Sergio Alfredo Ortiz ha entrado a lugares de donde todos intentan salir. Ha visto el fuego consumir hogares, ha sentido el calor atravesar su equipo de protección y ha enfrentado el miedo que aparece cuando la vida pende de unos cuantos segundos.

Sin embargo, después de 21 años de servicio, sigue convencido de que volvería a hacerlo una y otra vez.

Encargado de la Estación Número 5 del Departamento de Bomberos en la avenida Carlos Amaya de esta frontera, el sargento Ortiz no habla de heroísmo. Habla de servicio y de una vocación que, reconoce, no enriquece el bolsillo, pero sí el corazón.

Su historia comenzó gracias a familiares que también pertenecieron a la corporación. Fueron ellos quienes lo invitaron a probar suerte en una profesión que terminaría convirtiéndose en el proyecto de toda una vida.

“Le empecé a agarrar amor a la camiseta. No es un trabajo muy bien pagado, pero aquí aprendí a hacer de todo. Esta es una escuelita de vida; aquí uno aprende desde cocinar hasta atender personas en crisis. Se siente muy bonito cuando la gente nos aplaude en la calle. Para servir en esta dependencia tienes que querer mucho a tu ciudad”, relata.

Pero detrás del uniforme existe un hombre que también es esposo y padre. Sus hijos crecieron viendo a su papá salir rumbo a emergencias sin saber si regresaría a casa. Aun así, nunca les impuso seguir sus pasos.

“Si ellos quieren otra profesión, adelante. Hay que apoyarlos”, dice con serenidad, consciente de que ser bombero significa aceptar una vida de sacrificios.

Como todo bombero, también tuvo un momento en el que se preguntó si debía continuar.

Lo recuerda perfectamente. Fue durante un incendio en una maquiladora, cuando la oscuridad, el humo y el calor eran tan intensos que apenas podía distinguir el camino. La radiación del fuego atravesaba incluso el traje especializado.

“Es cuando dices: Esto es un área donde no debo estar y tengo que salir rápidamente para no querer ser otro de los números de las estadísticas. Ahí te preguntas: ¿Qué estoy haciendo aquí?’”, recuerda.

Sin embargo, aquel episodio no lo hizo renunciar, al contrario, lo tomó como un reto personal: “Si ya entré al mismo infierno, ¿qué más me puede dañar? Vamos adelante”, afirma, recordando la decisión que marcó el resto de su carrera.

Entre cientos de emergencias existe una que permanece intacta en su memoria. Fue el rescate de una niña atrapada dentro de una vivienda envuelta en llamas.

Mientras policías intentaban ingresar sin éxito debido al intenso fuego, el sargento Sergio avanzó entre el humo hasta encontrar a la pequeña inconsciente en una habitación. Junto a ella permanecían un gatito y un perrito, también intoxicados.

La cargó entre sus brazos, trató de suministrarle aire con su equipo de respiración y corrió hacia el exterior para entregarla a los paramédicos. La niña sobrevivió y un mes después salió del hospital.Ese día, confiesa, comprendió que todo el riesgo había valido la pena: “Fue uno de los momentos en los que dije: puedo seguir, puedo estar aquí”, recuerda.

Aunque no todas las historias tienen un final feliz. Su voz cambia cuando recuerda un incendio en el que una madre y sus cinco hijos perdieron la vida antes de que la ayuda pudiera llegar. La distancia entre la estación y el lugar del siniestro hizo imposible el rescate. “Se rompe el corazón”, simplemente admite y baja la mirada.

Son imágenes que ningún bombero logra borrar completamente y que acompañan cada nueva salida de emergencia.

A lo largo de los años también ha visto llegar jóvenes con la ilusión de convertirse en bomberos, aunque muchos abandonan el camino al descubrir que la realidad dista mucho de las películas; el humo, el cansancio, las jornadas interminables y los riesgos permanentes los hacen desistir.

Por eso, Sergio tiene muy claro quiénes logran quedarse: “Los que les gusta servir, los que pueden dar algo a los demás sin recibir nada a cambio. Ellos son los verdaderos bomberos. Son quienes se lanzan al fuego para rescatar a alguien que ni siquiera conocen y que quizá nunca les dará las gracias”, afirma.

Después de 21 años enfrentando incendios, accidentes y tragedias, el sargento Sergio Alfredo Ortiz sigue encontrando fuerza en la misma razón que lo llevó a vestir el uniforme por primera vez: ayudar a otros.

Su mayor recompensa no está en un salario ni en un reconocimiento oficial, está en cada persona que logra regresar con vida a casa, en cada familia que conserva la esperanza y en la certeza de que, cuando alguien marca el número de emergencias en el peor momento de su vida, habrá un bombero dispuesto a correr hacia el peligro para salvar a un desconocido.

Antes de terminar la entrevista, hace una petición sencilla, pero que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Pide a la ciudadanía tener cultura vial y ceder el paso a las unidades de emergencia: “Una máquina de bomberos no se detiene como un automóvil pequeño. Llevamos miles de litros de agua y toneladas de equipo. Cuando no nos dejan pasar, alguien puede estar esperando ayuda desesperadamente”.