Alfredo Ibarra, joven bombero que encontró en el servicio su vocación de vida

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Con apenas 20 años de edad, Alfredo Ibarra Castañeda representa el rostro de una nueva generación de bomberos en Ciudad Juárez. Originario de la colonia Independencia II y egresado del CECyTECH 22, decidió dejar atrás la estabilidad de un empleo en la maquiladora para responder al llamado de una profesión que exige disciplina, valentía y una profunda vocación de servicio.

Su historia comenzó gracias a la invitación de un amigo, cuyo padre también era bombero. Cuando se abrió una convocatoria para ingresar a la corporación, presentó su solicitud sin imaginar que su vida cambiaría por completo.

«Trabajaba en la maquila y un amigo me dijo que se iban a abrir vacantes, que metiera la solicitud. Lo hice y aquí estoy», recuerda. La decisión no fue sencilla. Alfredo prefirió guardar silencio hasta que el trámite estuviera en marcha. Sabía que la noticia preocuparía a su familia.

«Cuando les dije, mi mamá me preguntó por qué me quería meter a un trabajo tan peligroso. Mi papá también me dijo que por qué había dejado la maquila para venirme para acá. Al final me dijeron que si era lo que me gustaba, pues adelante».

Tres años después, no tiene dudas de haber tomado la decisión correcta. Explicó que lo que más disfruta es la libertad que le brinda el trabajo y la posibilidad de aprender algo nuevo todos los días, lejos de permanecer entre cuatro paredes.

«A mí los espacios cerrados me estresan. Aquí siempre estamos aprendiendo cosas nuevas y saliendo a ayudar». Aunque es uno de los bomberos más jóvenes de la corporación, reconoce que ya ha vivido experiencias que lo marcaron para siempre.

La más difícil ocurrió cuando pertenecía a la Estación Número 2. Respondieron a un fuerte accidente vial cerca de las maquiladoras de la avenida Gómez Morín. Dos adultos habían fallecido y un niño permanecía atrapado entre los asientos del vehículo.

«Cuando volteamos hacia atrás vimos a un niño como de unos diez años. Estaba prensado, una de sus piernas estaba muy lastimada. Lo que más me pegó fue que se parecía mucho a mi sobrino. Lo logramos sacar con vida, pero él no lloraba, solamente preguntaba por su mamá, y su mamá ya había fallecido».

Ese momento le confirmó que ser bombero también implica aprender a controlar las emociones para poder ayudar. «Aquí nos dicen que tenemos que controlar nuestros sentimientos. No todos podemos quebrarnos en ese momento porque alguien necesita que actuemos».

Pese a las escenas difíciles, Alfredo asegura que la mayor recompensa llega cuando ve la reacción de la gente. «Los niños nos saludan, las familias nos piden que toquemos el claxon de la unidad. Ahí te das cuenta de que la gente sí aprecia el trabajo que hacemos».

Sin embargo, lamenta que aún exista poca cultura vial cuando una unidad de emergencia circula con las sirenas encendidas. «Hay personas que no se hacen a un lado y hasta nos sacan el dedo pensando que vamos jugando. La realidad es que si una unidad lleva las sirenas prendidas es porque va a una emergencia o viene de atender una. Cada segundo puede hacer la diferencia».

Para Alfredo, el Departamento de Bomberos es «la corporación más noble que hay en la ciudad», porque su única misión es ayudar sin importar quién necesite el apoyo. A sus 20 años, Alfredo Ibarra Castañeda demuestra que el heroísmo no siempre tiene décadas de experiencia, e hizo un llamado a los jóvenes que, como él, buscan un propósito en su vida.

«Las estaciones son públicas. Pueden acercarse, conocer el trabajo, preguntar cómo ingresar o incluso apoyar con donaciones para personas en situación de calle o con juguetes en Navidad. Si les interesa este trabajo, acérquense. Aquí les orientan y pueden descubrir si tienen la vocación para servir».