“Abuela, ¿qué pasa, por qué no llegas? ¿Dónde es para irte a esperar? ¿Dónde vienes? ¿Te falta mucho para que llegues? Él cree que yo estoy a la vuelta de la esquina, él piensa que no pasa nada”, relata cabizbaja Carolina del Carmen López Rojas al recordar las llamadas de su nieto Cristian, de apenas cinco años de edad.
La migrante venezolana permanece en Ciudad Juárez mientras intenta reunir el dinero y los documentos necesarios para regresar de manera segura a Barquisimeto, estado Lara, en Venezuela, donde la espera su madre de 80 años, cuya salud se ha deteriorado en los últimos meses.
El pequeño Cristian se ha convertido en la mayor fuente de alegría y esperanza para su bisabuela, a quien llama con cariño mami.
A la angustia por la distancia se suma otra tragedia familiar. Cuatro de sus tíos maternos, dos mujeres y dos hombres, vivían en Caracas, en una de las zonas afectadas por los recientes terremotos, y desde entonces no se sabe nada de ellos.
“Por los derrumbes tengo varios tíos desaparecidos. Mi mamá está muy preocupada porque son sus dos hermanas y sus dos hermanos. Tiene 80 años, ya perdió parte de la vista y con la presión alta se pone peor por la preocupación. Estamos esperando listas, esperando que aparezcan. Otros familiares nos dijeron que estaban ahí, pero hasta ahora no sabemos nada”, cuenta.
Su madre también enfrenta otra realidad que, asegura, sigue golpeando a muchas familias venezolanas.
“En Barquisimeto sí hay servicios básicos, pero no hay comida. Mi mamá me dice que regrese porque prácticamente está sola y porque ya no puede más”.
La mujer padece cataratas y ha perdido gran parte de la visión. Una de las hijas de Carolina, Lourdes, permanece en Venezuela para cuidarla junto con su hijo Cristian, quien mantiene el ánimo de su bisabuela, a quien llama cariñosamente “mami”.
Sin embargo, el regreso parece cada vez más lejano: “Me gustaría devolverme, pero no he podido porque no tengo los documentos necesarios ni el dinero. No tengo pasaporte. Vine en la última caravana migrante y ya no pude sacar mis papeles”.
Explicó que para obtener un nuevo pasaporte tendría que viajar hasta la Ciudad de México, donde se encuentra el consulado venezolano, pero además necesita documentos que permanecen en su país.
“Hay que tener dinero y aquí no hay plata. Todo cuesta. Solo quiero poder ir a ver a mi mamá.”
Carolina llegó a México buscando a uno de sus hijos, quien intentó cruzar hacia Estados Unidos, pero fue localizado por la Patrulla Fronteriza y, al ser menor de edad, quedó bajo resguardo del DIF. Las autoridades la contactaron y ella emprendió el viaje hasta Ciudad Juárez para recuperarlo.
Desde entonces ambos viven en el albergue Vida, del Centro Cristiano Jesucristo es la Respuesta, ubicado en la colonia Revolución Mexicana de esta frontera.
Al no contar con documentos migratorios, Carolina no ha podido conseguir un empleo formal. En agradecimiento por el apoyo recibido, se convirtió en una de las voluntarias más activas del albergue, donde ayuda diariamente en la cocina comunitaria que prepara alimentos tanto para migrantes como para personas en situación de calle.
“Estoy muy agradecida con el pastor Francisco porque nos ha ayudado mucho. Si alguien pudiera apoyarme con los papeles o con algo para viajar, se los agradecería muchísimo.”
Cada tres días procura comunicarse con su familia en Venezuela. En cada llamada, su nieto, con inocencia, le revela una dura realidad. “Abuela, mami dice que estamos a dieta porque no hay comida”.
Carolina sabe que regresar sin documentos y sin recursos representa un riesgo enorme. Recuerda el caso de una amiga venezolana que conoció en el albergue municipal Felipe Ángeles de Ciudad Juárez, y que decidió volver a su país junto con su esposo y sus dos hijos pequeños.
La familia viajó en autobús hasta donde pudo. Después tuvo que continuar por rutas marítimas, pagando 300 dólares por cada integrante para cruzar en pequeñas embarcaciones. Al llegar a Colombia fueron secuestrados durante 15 días y sus captores exigieron un rescate de 21 mil dólares.
“Cuando los liberaron tuvieron que quedarse en Colombia para sobrevivir. Vendían chupetas en los semáforos para volver a juntar dinero y poder seguir su camino.”
Aun así, Carolina no pierde la esperanza de reencontrarse con su madre: “Yo quiero mucho a mi mamá y el tiempo no espera. Ella me dice que el tiempo está pasando y que quiere verme. Mi hermano también me dice que mi mamá no quiere nada, solamente que vaya a verla”.











