Cómo funcionan los movimientos antigénero y por qué representan un peligro para la educación sexual

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El inicio de una nueva presidencia de Trump en Estados Unidos bien puede indicar la introducción de políticas que limiten el conocimiento al que los niños pueden acceder en las escuelas.

Pero ese tipo de límites a la educación no sólo se da en ese país. En todo el mundo hay esfuerzos concertados para controlar quién puede acceder a la educación y qué pueden aprender los niños en las escuelas.

Los movimientos “antigénero” rechazan los cambios sociales que surgen de un aumento de los derechos de las mujeres y las personas LGBTQ+ y promueven un orden social basado en normas de género patriarcales, el matrimonio heterosexual y una comprensión binaria del género. Se dirigen a las escuelas porque la educación tiene un potencial único para influir en las normas y actitudes sociales a largo plazo.

Estos movimientos están financiados en gran medida por fundaciones y personas conservadoras, sobre todo en Estados Unidos y Europa.

Mi informe, coescrito con colegas del grupo de expertos ODI Global, ha concluido que se trata de una tendencia en aumento y bien financiada, pero que se puede contrarrestar, incluso mediante el uso de leyes que defiendan los derechos humanos. 

Alcance global

En la última década, estos movimientos han adquirido una gran influencia. Tienen un alcance global e incluyen a políticos, fundaciones, grupos de expertos, ecosistemas mediáticos, instituciones religiosas y la sociedad civil de base.

Uno de esos grupos, por ejemplo, es la plataforma en línea multilingüe CitizenGO, que moviliza a las personas para que firmen peticiones y participen en campañas de redacción de cartas para influir en las políticas tanto a nivel nacional como global.

En 2017, CitizenGo patrocinó un autobús naranja “antitrans” que viajó por Europa y las Américas. Aunque la organización dice estar financiada por pequeñas donaciones, las investigaciones indican que probablemente recibió financiación inicial de fuentes religiosas y de extrema derecha en Rusia y Europa occidental.

En las escuelas, estos movimientos se centran en amplificar y fabricar indignación en torno a la educación sexual integral.

Reprimir la educación sexual

Se ha desarrollado una educación sexual integral para proporcionar a los jóvenes información precisa y apropiada para su edad sobre el sexo, las relaciones y los cambios corporales. Se ha demostrado que ayuda a reducir el embarazo adolescente y fomenta relaciones sexuales más seguras e igualitarias. 

Las campañas contra la educación sexual integral presentan este contenido educativo como inapropiado. Abogan por una educación sexual basada únicamente en “hechos biológicos” o la promoción de la abstinencia.

En Perú, por ejemplo, el movimiento Con Mis Hijos No Te Metas comenzó como un movimiento de padres que protestaba contra la inclusión de material sobre igualdad de género en el currículo de educación básica. Las campañas del movimiento se han extendido para oponerse a la educación sexual integral en países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México.

Con una financiación flexible a largo plazo, el movimiento antigénero puede responder a las políticas y situaciones emergentes. Puede emprender campañas a largo plazo para cambiar las normas y las políticas.

En regiones como África y América Latina, una de las tácticas más exitosas ha sido utilizar un lenguaje anticolonial, que incluye presentar la educación sexual integral o la aceptación de la homosexualidad como algo impuesto por “Occidente”.

Otra táctica clave es la difusión de información errónea, que explota las ansiedades y los temores de los padres. Entre ellas se incluyen afirmaciones exageradas que a menudo guardan poca relación con el contenido real de los planes de estudio y los materiales de aprendizaje.