Hay quienes cruzan Chihuahua en automóvil y apenas alcanzan a ver el desierto por la ventanilla. Don Gregorio Gómez decidió conocerlo al paso de una mula, escuchando el golpeteo de las herraduras sobre la tierra y respirando el mismo horizonte que alguna vez recorrió el general Francisco Villa. El cabalgante originario de Guadalajara, Jalisco, participa este año por primera vez en el recorrido completo de la Cabalgata Villista, desde Ciudad Juárez hasta Hidalgo del Parral, una travesía que, asegura, le permitió descubrir un Chihuahua que pocos conocen.
Aunque ya había participado en seis o siete ocasiones en el tramo de Chihuahua a Parral, esta edición de la Cabalgata Villista 2026 representó un reto distinto. Desde la frontera comenzó una aventura que lo llevó por caminos desconocidos, comunidades hospitalarias y paisajes que, lejos de intimidarlo, terminaron por conquistarlo.
“Todo es nuevo para nosotros”, cuenta mientras descansa en el campamento de Sacramento. “El desierto para mucha gente es feo, pero porque no saben. Todas las cosas tienen su bueno y su malo.” Recuerda especialmente el paso por Samalayuca, donde su mula dudó en internarse entre la arena. “Le tenía miedo a la pisada; no se quería meter”, dice entre risas, evocando una de las anécdotas que ya forman parte del viaje.
La naturaleza también les regaló una sorpresa. A diferencia de las historias que hablaban del calor implacable del norte, la lluvia y las temperaturas agradables acompañaron buena parte del recorrido. “Nos tocó muy buen clima. En Guadalajara hace más calor que ahorita aquí”, comenta, desmontando uno de los mitos más repetidos sobre el verano chihuahuense.
Pero si algo distingue a la Cabalgata Villista, afirma, no son únicamente los kilómetros recorridos, sino las personas que los recorren juntas. “A nosotros nos nace de corazón andar en cabalgatas. Para unos será un sufrimiento que no tiene caso; para nosotros sí lo tiene, porque cada año hacemos nuevos amigos. La gente de los caballos es sencilla y muy amable. Todos te ofrecen su casa”. En esa frase resume el espíritu que mantiene viva una tradición que, más que un evento, se convierte en una gran familia itinerante.
Gregorio sabe que completar el recorrido desde Juárez no está al alcance de cualquiera. Calcula que son muy pocos los jinetes que logran hacerlo prácticamente sin subir a sus caballos a un remolque durante toda la travesía. El trabajo, el tiempo o alguna lesión del animal suelen obligar a muchos a recorrer únicamente algunos tramos. Por eso, considera una bendición haber podido cumplir este anhelo que durante años había esperado concretar.
La experiencia también se saborea. En cada comunidad, dice, la hospitalidad chihuahuense se sirve en el plato. El asado, los chiles con queso, las tortillas de harina recién hechas, los chiles curtidos, las zanahorias preparadas y hasta los tacos sudados que llegaron desde Ciudad Juárez forman parte de los recuerdos que se llevará de regreso a Jalisco. Mientras habla, el aroma del pollo frito que se cocina en el enorme disco del campamento vuelve a abrir el apetito de los cabalgantes que esperan la cena después de una larga jornada.
Antes de incorporarse nuevamente a la conversación con sus compañeros, Don Gregorio deja una invitación sencilla para quienes todavía observan la Cabalgata Villista desde lejos. No habla de récords ni de distancias; habla de amistad, de paisajes que cambian la mirada y de una tierra que se conoce mejor al ritmo de un caballo. Porque, como él mismo terminó descubriendo, el desierto de Chihuahua no se entiende desde la carretera: se aprende a querer cabalgándolo.











