Proyectos turísticos en la Sierra Tarahumara dejan contaminación y escasez de agua en comunidades rarámuri

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En lugar de representar desarrollo, los proyectos turísticos instalados en la Sierra Tarahumara han provocado daños ambientales y sociales que hoy afectan gravemente la salud y el bienestar de las comunidades rarámuri, quienes viven entre la escasez de agua, la pérdida del bosque y la marginación laboral.

Habitantes de tres comunidades Bacajípare, Huetosachi y Mogótavo ubicadas en las inmediaciones de los centros turísticos de Bocoyna y Urique en el Parque Aventura Barrancas del Cobre denuncian que, mientras miles de visitantes llegan cada año, ellos padecen enfermedades gastrointestinales y de piel, contaminación del agua y dificultades para cultivar sus alimentos debido al deterioro del entorno natural.

Isabel Monarca Cruz, gobernadora de Bacajípare, relató que los hoteles y centros turísticos contaminan sus comunidades, porque no cuentan con depósitos de basura, por lo que hay un tiradero de basura clandestino en medio del bosque, que afecta tanto a los habitantes humanos, como a los animales silvestres.

“Ya no sabemos con qué vamos a respirar si no hay pino ni árbol. Todo eso también es para los animales silvestres, pero también para los hijos de nosotros”, expresó Isabel quien lamenta la deforestación y la falta de acceso al agua potable en su comunidad.

Los representantes de las comunidades acusan que los hoteles y cabañas ubicados en Areponapuchi y zonas cercanas están descargando aguas residuales directamente en los ríos y manantiales, contaminando los recursos naturales de los que dependen las comunidades. “Antes no había tanta contaminación, pero desde que llegó el teleférico empezaron a construir más cabañas. Los hoteles están tirando agua sucia y eso nos está enfermando”, denunció una habitante.

Los pobladores se opusieron a la instalación de una planta tratadora dentro de su comunidad, argumentando que el sistema beneficiaría principalmente a los establecimientos turísticos, no a las familias locales. “Nos querían poner agua sucia, pero dijimos que no, porque van a conectar los hoteles y al rato van a crecer más. Queremos que ellos pongan su planta y que no nos afecten”, señalaron.

Las consecuencias de esta contaminación son visibles: niños y adultos presentan granos en la piel, comezón, diarreas, vómitos y fiebre, especialmente durante la temporada de lluvias, cuando los desechos se mezclan con el agua de los arroyos. “A veces cruzamos el río y no sabemos que está sucio. Los niños se enferman, y antes no era así”, comentó otra mujer de la comunidad.

“Queremos que el turismo sea responsable, que sepa que aquí hay comunidades afectadas por lo que se construye en nombre del desarrollo. Que cuiden el lugar, porque nosotros vivimos aquí y el agua que ellos ensucian es la que usamos nosotros”, expresó Isabel.

Las comunidades rarámuri de la zona insisten en que la expansión turística debe realizarse con respeto a sus derechos, a su salud y a su entorno natural, pues la Sierra Tarahumara “no puede seguir siendo explotada mientras sus verdaderos habitantes viven entre la pobreza, el despojo y la enfermedad”.

Las familias dependen de un manantial y de los cuerpos de agua, además cuentan con sistema de captación de agua de lluvias, este año ha sido bueno en lluvias y esta agua la usan para beber y cocinar. “Para lavar tenemos que ir al río, pero ya no alcanza; antes el agua rendía más”, señaló Isabel.

A la crisis ambiental se suma la económica. Las comunidades no han sido integradas en los empleos o ganancias generadas por el turismo, pese a que los proyectos se ubican dentro de su territorio ancestral. “Si hubiera trabajo, no estaríamos pidiendo apoyo. Somos tres comunidades afectadas y no nos toman en cuenta”, denunciaron.

Las y los artesanos también han resentido el impacto del turismo masivo. “Ya no se vende igual la artesanía porque somos más vendedoras y todo es más turístico. Ya no nos valoran”, dijo una mujer que elabora canastas y figuras tejidas. La competencia desmedida y la falta de espacios de venta justos han disminuido sus ingresos.

Además, los jóvenes se ven obligados a migrar en busca de empleo, exponiéndose a problemas de adicciones y enfermedades. “Queremos que haya trabajo aquí, para que los muchachos no se vayan. Muchos regresan enfermos o drogados, ya no es lo mismo”, lamentó Isabel.