Gerardo Cobos Sáenz había terminado su jornada de trabajo y conducía una motobomba de concreto de regreso a la planta por el bulevar Bernardo Norzagaray cuando encontró que los vehículos frente a él comenzaban a desviarse.
Primero pensó que había ocurrido un choque. Desde donde estaba, a unos metros de llegar al monumento al Cigarro, el agua todavía no parecía suficiente para explicar por qué estaban cerrando el paso. Pero al avanzar encontró el tráfico detenido: el arroyo de las Víboras se había desbordado sobre el bulevar y, en medio de la corriente, había una camioneta atrapada.
Gerardo detuvo la motobomba detrás de los demás vehículos y sacó su teléfono para grabar. Fue cuando vio que unas personas se asomaban por una de las ventanillas de la camioneta para pedir ayuda. Volvieron a meterse y, cuando aparecieron de nuevo, reparó en una mujer que se veía desesperada.
Dejó de grabar. “Fue cuando yo ya tuve que tomar una decisión”, recuerda al relatar a El Heraldo de Juárez lo ocurrido aquella tarde, después de que los videos del rescate lo convirtieran en uno de los rostros de la emergencia provocada por las lluvias.
Gerardo tenía algo que los demás conductores detenidos frente al arroyo no tenían: la máquina que conducía. Era una motobomba de concreto montada sobre un camión de tres ejes, con una larga pluma articulada plegada sobre la carrocería. Llevaba cerca de 30 años operando ese tipo de maquinaria y sabía que su peso le daba una posibilidad de entrar en la corriente.
Pero aquello que podía permitirle llegar hasta la camioneta también podía poner en mayor peligro a quienes estaban dentro. Gerardo temía que el desplazamiento de una máquina de esas dimensiones levantara una ola contra el vehículo o que, al aproximarse demasiado, terminara golpeándolo y empujándolo corriente abajo.
“Dije: los voy a echar para abajo”.
Cauteloso por oficio, estudió el agua antes de avanzar. Observó por dónde venía la corriente, buscó la parte menos profunda y calculó cómo entrar y por dónde podría salir.
El agua golpeaba la motobomba por el costado del conductor. Gerardo consiguió llegar hasta la camioneta, metió reversa para corregir la posición y finalmente colocó la enorme máquina junto al vehículo, con la corriente golpeando a ambos.
Hasta entonces creía que estaba tratando de ayudar a una pareja.
Salió por el lado del copiloto, subió al cofre de la camioneta y preguntó si necesitaban ayuda. Entonces comenzaron a salir.
Primero un niño. Después los adultos empezaron a pasarle a las niñas por la ventanilla y aparecieron los más pequeños. Gerardo los recibía y los ayudaba a subir a la motobomba.
“Dije: ya caray, pues estos de veras que sí eran bastantitos”.
Eran nueve personas: cuatro adultos y cinco menores. La última en salir fue una mujer mayor. “Señor, es que mis piernas no me responden muy bien”, recuerda Gerardo que le dijo. La ayudó a pasar por la ventanilla y, con apoyo de otro integrante de la familia, consiguió subirla a la motobomba.
Cuando todos estuvieron arriba, regresó a los controles y los sacó completamente del agua.
La familia descendió, le dio las gracias y Gerardo siguió su camino hacia la planta de Concretos del Bravo. No preguntó sus nombres ni tomó fotografías. En ese momento, dice, tampoco pensó que hubiera hecho algo extraordinario.
La camioneta quedó atrás. Después, la corriente se la llevó
Aquella tarde del sábado 24 de octubre, las precipitaciones alcanzaron alrededor de 50 milímetros en distintos puntos de Ciudad Juárez y provocaron fuertes escurrimientos desde la Sierra. Las autoridades calificaron como históricos los registrados en las cuencas de los arroyos Colorado y de las Víboras, donde vehículos fueron arrastrados por el agua.
Gerardo dimensionó lo ocurrido hasta después.
“Ya después de que vi todas las cosas, que la camioneta se va, se la lleva el agua, pues dije: bueno, sí estuvo bien que los haya sacado”, relata.
Al día siguiente comenzaron las llamadas, los mensajes y las felicitaciones. Los videos del rescate circulaban en redes sociales y su familia le expresó su orgullo. Gerardo, que inicialmente consideró lo que había hecho como “una cosa normal”, dice que los comentarios estuvieron a punto de hacerlo llorar.
Cuando se le pregunta si considera que los ocupantes realmente estuvieron en peligro, responde que esa fue precisamente la razón por la que decidió intervenir.
“Sí, por eso hice lo que hice. Yo tenía que hacer algo porque yo dije: no puedo permitir que esa pareja vaya terminando en el río”.
Todavía habla de una pareja porque eso era lo que creyó ver cuando tomó la decisión de entrar al agua. No sabía que dentro viajaban nueve personas.
Después de observar en video cómo la corriente terminó por llevarse la camioneta, llegó a otra conclusión.
“Ahorita estaríamos hablando de una gran desgracia aquí en Juárez”, considera, y casi se suelta llorando.
Gerardo tiene 50 años, es originario de Parral y desde hace seis vive en Ciudad Juárez. Había ayudado antes a otras personas, pero nunca, dice, en una situación de esa magnitud.
La motobomba que conducía aquel sábado había salido a cumplir la misma función de cualquier jornada, llevar concreto hasta lugares difíciles de alcanzar.
Aquella tarde llegó hasta una camioneta atrapada en el arroyo de las Víboras y salió con nueve personas.











