No se puede entregar a los demás aquello que nunca se cultivó en el corazón. El amor, la paciencia, la confianza y la capacidad de cuidar nacen primero en una historia personal y después, cuando la semilla encuentra tierra fértil, florece para aliviar la vida de quienes más lo necesitan.
Esa historia tiene el nombre de Claudia Judith Sandoval González, una joven enfermera de apenas 26 años que, lejos de su natal Acapulco, Guerrero, dedica todos los días de su vida a cuidar a 40 adultos mayores en el Asilo de Ancianos Desamparados, donde se desempeña como encargada de enfermería.
Su trabajo va mucho más allá de administrar medicamentos o tomar signos vitales. Ella baña a quienes ya no pueden hacerlo por sí solos, cambia pañales, realiza curaciones, alimenta a quienes perdieron la movilidad y, sobre todo, ofrece algo que no se compra con ningún recurso: cariño.
“A todos les hablo con mucho cariño. Les digo: ándele mi amor, venga papá, venga abuelo. Muchos me dicen mamá. Yo les digo que no soy su mamá, pero ellos responden que sí, porque soy quien los cuida y quien les da de comer”, relata.
Actualmente el asilo alberga a 40 personas mayores de entre 60 y 95 años, aunque en temporadas de frío la cifra ha llegado hasta 80 residentes. La mayoría llega canalizada por el DIF, hospitales o corporaciones policiacas, después de haber sido encontrada en situación de abandono.
Son personas con diabetes, hipertensión, secuelas de accidentes cerebrovasculares o pérdida de movilidad. Muchos nunca vuelven a ser reclamados por sus familias.
Aun así, Claudia procura que cada uno reciba el trato digno que merece: “Ellos necesitan amor. En su momento les dieron demasiado a sus hijos y ahora trato de devolverles un poquito de todo eso”.
Detrás de esa forma de servir existe una historia que comenzó muchos años antes, en Guerrero, alrededor de una casa donde cada tarde la familia se reunía para conversar.
Ahí estaba don Facundo González Alvarado, su abuelo materno. No fue solamente un abuelo. Fue el patriarca de toda una familia. Un hombre comerciante, protector, generoso y profundamente amoroso que siempre encontraba tiempo para sus hijos y nietos.
Convocaba reuniones familiares, cuidaba que todos regresaran seguros a casa, procuraba que nunca faltara un plato de comida y hacía sentir importante a cada integrante de la familia.
Para Claudia fue mucho más que una figura familiar, “fue como un padre para mí”. De él aprendió algo que hoy se refleja en cada adulto mayor al que abraza: la fuerza que nace del amor.
También heredó la confianza para dejarse cuidar, para aceptar recibir protección, para agradecer el cariño de los demás y comprender que nadie puede dar aquello que nunca recibió.
Porque el amor propio, la seguridad y la capacidad de sostener emocionalmente a otros fueron sembrados primero por ese abuelo que siempre estuvo presente.
“Yo creo que estoy dando lo que a mí me dieron. A mí me dieron amor, me dieron tiempo, me tuvieron paciencia, y eso es exactamente lo que ellos necesitan.”
Las últimas conversaciones con su abuelo permanecen intactas en su memoria. Él le aconsejaba vivir, conocer el mundo, buscar su felicidad y no sentirse obligada a seguir el camino de nadie más.
“Trata de ser feliz. Tú busca la felicidad en lo que tú quieras. Si no te quieres casar, no te cases. Si tú eres feliz así, adelante”, recuerda con emoción.
Hoy, esa felicidad la encontró cuidando vidas que muchos olvidaron. Aunque recibe un sueldo, reconoce que en ocasiones pasan semanas sin pago debido a las limitaciones económicas de la asociación. Sin embargo, continúa trabajando con la misma entrega.
El asilo no depende de un ingreso fijo. Sale adelante gracias a las personas que donan alimentos, pañales, artículos de limpieza, medicamentos y ropa. Empresas, asociaciones y ciudadanos se unen constantemente para que los adultos mayores nunca estén solos.
“Gracias a Dios la gente nunca nos ha dejado. Siempre hay personas muy buenas y muy generosas que quieren sumarse. Gracias a ellos hemos logrado salir adelante”.
En una frontera donde con frecuencia las noticias hablan de abandono, violencia y necesidad, historias como la de Claudia recuerdan que todavía existen personas capaces de convertir el amor recibido en esperanza para otros.
Porque nadie entrega paciencia si nunca fue escuchado. Nadie sostiene a quien sufre si antes no aprendió a sentirse sostenido. Y nadie puede regalar amor si primero no fue profundamente amado.
Desde Ciudad Juárez, una comunidad entera agradece hasta el cielo a don Facundo González Alvarado. El amor, la protección y los valores que sembró en su familia hoy trascienden generaciones a través de su querida nieta, Claudia, quien ha convertido ese legado en servicio para los más desamparados. Porque las grandes obras también nacen de quienes, desde el anonimato, enseñaron primero a amar.











